jueves, 26 de febrero de 2026

La vida es una asignación temporal

 Dia 6

La vida es una asignación temporal

“Señor, recuérdame cuán breve es mi tiempo sobre la tierra…
hazme saber cuán corta es mi vida.”
— Salmo 39:4

Hay una oración que pocas veces hacemos, pero que podría cambiar completamente nuestra manera de vivir: “Señor, recuérdame que mi vida es breve.”

No solemos pensar así. Vivimos como si el tiempo fuera infinito, planificamos, acumulamos, nos preocupamos, competimos como si este mundo fuera nuestra casa permanente.

Pero la Biblia insiste en algo que no siempre queremos recordar: la vida en la tierra es una asignación temporal.


Estamos de paso

Las Escrituras describen nuestra vida como:

  • un vapor

  • un soplo

  • una sombra

  • humo que se desvanece

El salmista lo dijo con claridad: “Estoy de paso en este mundo.” — Salmo 119:19

Esa frase cambia la perspectiva, estoy de paso, no estoy instalado, no estoy en mi destino final.

Comparada con la eternidad, esta vida es extremadamente breve. Y la tierra, aunque hermosa y significativa, no es nuestra residencia definitiva.

Cuando olvidamos esto, empezamos a aferrarnos demasiado:

  • a los logros

  • al reconocimiento

  • a la estabilidad

  • a lo material

Y sin darnos cuenta, empezamos a vivir como si esto fuera todo.


Ciudadanos del cielo

La Biblia utiliza palabras como extranjero, peregrino, visitante, viajero, no son metáforas accidentales, son recordatorios espirituales.

Pablo escribió que nuestra ciudadanía está en el cielo. Eso significa que aquí vivimos, trabajamos, servimos pero no pertenecemos completamente aquí.

Me gusta una imagen sencilla: en algunos países, los residentes extranjeros llevan una tarjeta que les permite trabajar y vivir allí, pero su ciudadanía sigue siendo otra. Algo así ocurre con nosotros, vivimos en la tierra, pero nuestra identidad última no está aquí, cuando entendemos eso, algo cambia por dentro.

Dejamos de obsesionarnos con “tenerlo todo”, dejamos de medir nuestra vida solo por éxito, dinero o posición, empezamos a evaluar nuestras decisiones a la luz de la eternidad.


El peligro de enamorarnos demasiado

Dios es muy claro sobre el riesgo de adoptar completamente los valores del sistema que nos rodea. Cuando nuestra lealtad se desplaza, dejamos de representar el Reino que decimos pertenecer.

La Biblia dice que somos embajadores de Cristo. Un embajador vive en tierra extranjera, aprende la cultura, se relaciona con la gente, pero nunca olvida a quién representa. Si se enamora tanto del país anfitrión que cambia su lealtad, pierde su misión.

Eso también puede pasarnos espiritualmente, no se trata de aislarnos del mundo, sino de no perder nuestra identidad en él.


Por qué a veces esta vida se siente incompleta

Hay algo que debemos aceptar con humildad: no estamos diseñados para sentirnos completamente satisfechos aquí. Dios permite que experimentemos cierta incomodidad, ciertos anhelos que no terminan de llenarse, no porque sea cruel, sino porque fuimos creados para algo más.

Un pez no puede vivir en la tierra, un águila no fue diseñada para caminar toda su vida. De la misma manera, el corazón humano no fue creado para encontrar plenitud definitiva en lo temporal.

Sí, hay momentos hermosos aquí, sí, hay alegrías reales, pero ninguna experiencia terrenal puede compararse con lo que Dios ha preparado.


La medida correcta del éxito

Es un error pensar que el objetivo de Dios para nuestra vida es prosperidad material o éxito popular. La fidelidad no siempre se traduce en aplausos.

Pablo fue fiel y terminó en prisión, Juan el Bautista fue fiel y terminó decapitado, muchos creyentes fieles han terminado sus días sin riquezas ni reconocimiento.

Pero el fin de la vida no es el final de la historia. La Biblia habla de hombres y mujeres que murieron sin ver cumplidas todas las promesas, pero murieron creyendo. Se reconocían a sí mismos como extranjeros de paso, esperando una patria mejor.

Eso es fe madura: servir, amar y perseverar, aun cuando la recompensa no sea inmediata.


“Aún no has llegado a casa”

Hay una historia que siempre me conmueve:

Un misionero regresaba a su país después de años de servicio, en el mismo barco viajaba el presidente de la nación. Cuando llegaron, multitudes, bandas y alfombra roja recibieron al presidente. El misionero bajó en silencio, sin que nadie lo notara, desanimado, le dijo a Dios: “Señor, yo también te he servido… ¿por qué nadie me recibe?”, y en su corazón escuchó esta respuesta:

“Hijo, tú aún no has llegado a casa.”

Esa frase lo cambia todo, aún no hemos llegado a casa.

Por eso algunas promesas parecen inconclusas, por eso algunas oraciones parecen sin respuesta, por eso algunas injusticias no se resuelven aquí. La historia no termina en este capítulo.


Vivir hoy con perspectiva eterna

Si realmente creyera que esta vida es una asignación temporal, ¿qué cambiaría hoy?

  • ¿Mis prioridades?

  • ¿Mi manera de gastar el tiempo?

  • ¿Mi forma de tratar a las personas?

  • ¿Mi relación con lo material?

Pablo lo expresó así:

“No nos fijamos en lo visible sino en lo invisible, ya que lo que se ve es pasajero, mientras que lo que no se ve es eterno.”
— 2 Corintios 4:18

Esa es la invitación, no despreciar esta vida, no ignorar nuestras responsabilidades.

Pero sí vivir con una conciencia clara: esto no es todo.

Cuando la vida se pone difícil, cuando te preguntas si vale la pena vivir con integridad, cuando sientes que sacrificarse por Cristo es demasiado costoso, recuerda: Aún no has llegado a casa.

En la muerte no estarás dejando tu hogar, estarás regresando a él.


Para reflexionar

Este mundo no es mi hogar.

¿Cómo debería cambiar mi manera de vivir hoy, el hecho de que la vida en la tierra es solo una asignación temporal?




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